CON la que estamos pasando con la gripe A, cuyo virus ha decidido mutar allá por Noruega, y a la ministra de Sanidad no se le ocurre otra cosa que elaborar un nuevo Proyecto de Ley de Seguridad Alimentaria con más prohibiciones que la Ley de Tráfico.
Así, enfrascada al parecer en una inflexible cruzada contra las grasas y los azúcares, pretende acabar con los juguetitos que las cadenas de comida rápida acostumbran a regalar a los nenes acompañando a sus menús-colesterol.
Pero no es ésta la única acción del ministerio anti-obesidad; también quiere prohibir los anuncios de refrescos, dulces y hamburguesas en las redes sociales de internet o la ingesta de bollos y refrescos en los colegios. Siempre, claro está, que los escolares los hayan adquirido en el bar o en la maquinita expendedora del cole, que si traen de su casa una grasienta cuña de chocolate y crema -con lo buenas que están- y una gaseosa de limón, en nada le interesa su contribución al engorde infantil, a no ser que los nenes estén ya como una bola, porque entonces directamente te quitan la custodia como a esos pobres padres de Orense.
Y siendo la lista de prohibiciones interminable, no obstante llama la atención el veto a que personas famosas o conocidas anuncien alimentos como medio de inducción al consumo, con lo que el Actimel de Susana Grisso, el Vitalínea de Paz Vega o el Avecrem de Jaime Cantizano tienen los días contados.
Aunque es loable que nuestra querida Trinidad se preocupe por la obesidad infantil, el llegar a extremos de prohibición como a los alcanzados con el tabaco en cuestiones alimenticias más bien parece propio de un sistema represivo que de una democracia postmodernista como la que ZP predica. No olvidemos que la alimentación sana es cuestión de educación y no de prohibir que un niño se zampe un bollo con grasas saturadas de vez en cuando o se tome una coca cola cuando le den permiso. A este paso los pobres infantes no van a poder probar tampoco ni un bocata de chorizo ni las ansiadas chuches en las fiestas de cumpleaños que organizan empresas en locales de recreo para peques. Pero, eso sí, si la niña-adolescente de 16 años quiere la píldora del día después podrá comprarla libremente sin receta en las farmacias, mientras que si le apetece un donut en el colegio tendrá que adquirirlo de estraperlo, en el mercado negro o esperarse a que acabe su jornada escolar para zamparse el bollo que le apetezca de la tiendecilla más cercana.
Este gobierno que todo lo troca pretende entablar una lucha sin cuartel en cuestión que sólo depende de la educación y los hábitos saludables, y si quiere imponernos la comida, en vez de educar a los nenes para la ciudadanía que los eduque en nutrición, no en prohibición. En las cosas del comer, siempre libertad, que un bollo al año no hace daño…
fuente/granadahoy.com/